
Sin duda el mejor Barcelona de la historia apabulló a un Real Madrid lleno de altibajos con un 2-6 en el Santiago Bernabeu, elevando a la máxima esencia un estilo de juego virtuoso, para abocar al Real Madrid a un año negro, rendido ante el poderío de su eterno enemigo.
La fantasía hecha fútbol pudo a la fe. Al coraje de un Real Madrid infinitamente menor en cuanto a calidad al mejor Barcelona de la historia. Por números, juego, sensaciones. Por su capacidad de hacer menor a cualquier rival. De minimizar sus cualidades para convertirle en un púgil al borde del ko, que recibe golpes sin posibilidad de levantar la cabeza.
Decía Juande Ramos en la previa que no había margen de sorpresa entre dos equipos que se conocen a la perfección. Un apasionado del fútbol como Pep Guardiola -casi enfermizo en su continuo estudio del juego- demostró que estaba equivocado. Él que vivía los clásicos al máximo como futbolista, cuando sobre el tapete ya dejaba entrever el buen entrenador que iba a ser, dejó claro que en el fútbol no está todo inventado.
La apisonadora azulgrana pasó por el Bernabéu para destrozar la ilusión de la remontada y sacar las carencias blancas con un Leo Messi espectacular. Ubicó Guardiola a su astro argentino alejado de la banda, donde todos lo esperaban, y le ubicó en el centro para mandar al psiquiátrico a los centrales madridistas. Samuel Eto’o cayó al costado derecho y Thierry Henry se exhibió en el izquierdo.
Con la batuta de Xavi, la sinfonía azulgrana destrozó en unos segundos todas las especulaciones de planteamientos tácticos.


