Estamos hablando del que quizá es el jugador italiano con más talento de la actualidad junto a Totti. Un mediocentro fino e inteligente, capaz de manejar a todo un equipo a su antojo, controlando cada movimiento el balón como si cada jugada ya estuviera visualizada en su mente momentos antes de entrar en juego.
Su visión sobre el terreno es total, lo que le permite dar siempre el pase adecuado, ya sea en corto o en largo, proporcionando de ese modo un desahogo al equipo que le hacen especialmente valioso. Eso unido a un buen disparo, heredado de sus inicios como mediapunta, le han convertido en el admirado jugador que es hoy.
La estabilidad llegó en Milán
Tras unos primeros años de continuas idas y venidas en clubes como Brescia, Inter o Reggina, fue en el 2001 cuando su fichaje por el Milán asentó su carrera de una vez por todas y le concedió la estabilidad necesaria para explotar, lo que le llevó a la consecución de, entre otros, las Champions League de las temporadas 2003 y 2007.
Pirlo, un tipo con estudios y de buena familia que habría podido vivir sin trabajar, o trabajando poco, se empleó a fondo para utilizar sus virtudes técnicas en una zona del campo en la que también le pedían consistencia defensiva. Aprendió lo justo para engañar a los apóstoles del resultadismo y mantuvo su talento para dirigir al Milan con la mirada al frente y un excelso toque de balón.
Con el incansable Gattuso como pareja de hecho, Pirlo se ha sentido liberado para crear vestido de ‘rossonero’ y con la ‘azzurra’. Lippi, el seleccionador campeón del mundo, le dio galones en Alemania 2006 y no se arrepintió. Su Italia, siempre tan rigurosa en defensa, protagonizó el mejor partido del torneo, una excelsa semifinal ante los anfitriones que se cerró cuando Pirlo inventó un pase estilo Guti o Iniesta, para que Grosso rematara a la máquina germana. Aquella noche Pirlo consiguió que Italia conquistara incluso a los paladares más enemistados con la pasta y el calcio.



