No podía ser de otra manera. Todo lo que hubiera sido un final de partidos plácido para el equipo que fuera, nos habría dejado esperando mucho más. No voy a entrar a comentar lo que paso en los partidos que estaban implicados en la pomada por cosechar el título liguero. Me voy a limitar a recordar lo que paso ayer entre las 22: 45 y las 22:50.
A las 22: 46 el Barcelona era primero virtual en la tabla de la clasificación. Había empezado perdiendo con un tempranero gol de Tamudo, pero una vez más, las decisiones arbitrales le habían ayudado a levantar el partido y ponerse con el dos a uno a falta de dos minutos, y sabiendo que el Madrid perdía en la Romareda por idéntico resultado.
La tensión que se había respirado en mi casa desde el principio había estallado al enterarme de que Messi se había convertido otra vez en Maradona (después de lo de Getafe), y se repetía el fenómeno que entonces conocimos como “la mano de Dios”. Puñetazo en la mesa del salón. No me lo podía creer. Habían tenido la desvergüenza de volver a hacerlo. Yo que he vivido en mis carnes los atracos en Tenerife de la mano sobre todo de Gracia Redondo, no me imaginaba que lo pudieran perpretar de nuevo. El caso es que el Madrid perdía (el primer gol del Zaragoza llegó con un penalty un tanto discutible) y con ello se le iba la Liga por la que tanto ha peleado.
Pero en un roush final sólo imaginable por los más optimistas madridistas (y yo no me encontraba entre ellos), Ruud Van Nistelrooy empato a dos el partido cuando quedaban dos minutos y antes de que el Zaragoza sacara de centro del campo, Raul Tamudo marcaba el empate a dos en el Camp Nou. Un rugido salió de la boca de todos aquellos que como yo, veíamos como una vez más se escapaba el premio por cuestiones ajenas a lo deportivo. Pero no señor Villar, no señor Laporta, no señor Arminio, esta vez el futbol manda.
Ahora a rematar en casa la faena, ya que de nada serviría esta hombrada si el último partido la confianza se apodera de los jugadores y el Mallorca acaba haciendo lo que no han podido los arbitros de turno.




